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Fecha
Opinión
10 Jun 2026

El deporte como plataforma económica: una nueva frontera para la competitividad de España

La teoría económica demuestra que las grandes transformaciones del crecimiento rara vez se producen de forma espontánea. Suelen venir precedidas por cambios en la asignación del capital y por la aparición de nuevos activos capaces de reorganizar la actividad económica y generar incrementos sostenidos de productividad.

deporte
Íñigo Fernández de Mesa

Íñigo Fernández de Mesa

Vicepresidente de CEOE

Desde la revolución ferroviaria hasta la economía digital, los mercados han anticipado antes que las instituciones los sectores llamados a liderar cada nuevo ciclo de expansión.

En este contexto conviene prestar atención a un fenómeno especialmente significativo: la creciente institucionalización de la inversión en la industria deportiva.

Fondos soberanos, plataformas de infraestructuras, fondos de pensiones, entidades de private equity y grandes gestoras internacionales están incrementando su exposición al ecosistema deportivo mediante inversiones en infraestructuras, derechos audiovisuales, tecnología, datos, turismo, salud, entretenimiento e innovación.

La pregunta relevante no es por qué el deporte atrae inversión. La verdadera cuestión es qué está percibiendo el capital internacional que todavía no hemos incorporado plenamente a nuestra política económica.

La respuesta obliga a replantear la naturaleza del deporte en las economías avanzadas.

Durante buena parte del siglo XX, el crecimiento se explicó mediante la acumulación de capital físico y trabajo. Sin embargo, la literatura económica contemporánea ha puesto de manifiesto que la productividad depende cada vez más de los activos intangibles: conocimiento, datos, algoritmos, software, propiedad intelectual, marcas, diseño o capital organizativo. La OCDE ha identificado esta inversión intangible como uno de los principales determinantes del crecimiento potencial y de las diferencias de productividad entre economías desarrolladas.

Esta transición modifica profundamente la naturaleza de la competitividad. Las economías más dinámicas ya no son necesariamente las que acumulan más activos físicos, sino aquellas capaces de articular ecosistemas donde convergen conocimiento, innovación, conectividad y cooperación entre múltiples agentes.

El deporte constituye probablemente uno de los ejemplos más avanzados de esta nueva economía.

Su relevancia trasciende ampliamente la competición. En torno a él convergen turismo, salud, producción audiovisual, inteligencia artificial, análisis de datos, economía digital, industrias creativas, gastronomía, movilidad, bienestar y comercio electrónico, configurando una estructura productiva donde el valor surge de la interacción permanente entre actividades económicas diversas.

La diferencia entre un sector y un ecosistema resulta especialmente ilustrativa. Mientras un sector produce bienes o servicios, un ecosistema conecta actividades, genera externalidades positivas y multiplica el valor conjunto de todos sus participantes. Precisamente esa capacidad para articular redes económicas explica el creciente interés del capital institucional por la industria deportiva.

La elevada fidelización de sus consumidores, la recurrencia de determinados ingresos, la expansión del negocio audiovisual y la creciente digitalización del entretenimiento convierten al deporte en un activo especialmente atractivo para inversores de largo plazo.

Pero probablemente la transformación más profunda se está produciendo en el ámbito territorial.

Las infraestructuras deportivas han dejado de ser equipamientos especializados para convertirse en plataformas permanentes de actividad económica. El estadio contemporáneo integra restauración, comercio, cultura, innovación, oficinas, turismo, entretenimiento y producción audiovisual, generando actividad durante todo el año y actuando como catalizador de inversión y regeneración urbana. Este cambio tiene profundas implicaciones para la política económica.

España dispone de una posición singularmente favorable para liderar esta transformación. La combinación de liderazgo turístico, empresas internacionalizadas, patrimonio cultural, prestigio deportivo, infraestructuras modernas, conectividad y calidad de vida configura un ecosistema difícilmente replicable por otras economías europeas.

La convergencia entre deporte, turismo, cultura y tecnología representa una extraordinaria oportunidad para incrementar la productividad, atraer inversión institucional y reforzar la competitividad internacional del país.

Sin embargo, las ventajas comparativas no garantizan por sí mismas la prosperidad. Como señaló Michael Porter, el desarrollo económico depende de la capacidad para transformar esas ventajas en ventajas competitivas sostenibles mediante instituciones sólidas, estabilidad regulatoria, innovación y colaboración público-privada.

En consecuencia, el reto para España no consiste únicamente en apoyar al deporte como actividad social o recreativa. El verdadero desafío es reconocerlo como una infraestructura económica estratégica, capaz de movilizar inversión, talento, innovación y desarrollo territorial.

En una economía sustentada crecientemente sobre activos intangibles y ecosistemas colaborativos, incorporar el deporte a la agenda económica nacional no constituye una política sectorial. Constituye una apuesta por un nuevo modelo de competitividad para España.

 

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