Capital humano, infraestructuras e innovación, los tres pilares del futuro de Iberoamérica
La región dispone de recursos, mercados y talento para ganar peso en la nueva economía global, pero necesita convertir esas ventajas en productividad, según arroja el último informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE), titulado Factores para fortalecer la inversión en Iberoamérica. El compromiso empresarial.
Hoy arranca la celebración del XVI Encuentro Empresarial Iberoamericano, que se celebra en Madrid hasta mañana, 4 de noviembre, en el marco de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno, el Instituto de Estudios Económicos (IEE), think tank de CEOE, acaba de elaborar un informe en el que se analizan los principales factores que condicionan la inversión y el crecimiento económico en Iberoamérica.
En un momento en el que el mapa geopolítico global se está rediseñando, Iberoamérica cuenta con abundantes recursos naturales, grandes mercados, una localización estratégica y vínculos culturales capaces de facilitar los negocios a ambos lados del Atlántico. La región ha ganado también resiliencia macroeconómica respecto a etapas anteriores y conserva un notable dinamismo empresarial.
Sin embargo, esas fortalezas conviven con una dificultad persistente: el crecimiento potencial sigue siendo reducido y la productividad avanza lentamente. La inversión insuficiente es parte del problema, pero no lo explica todo. Importa cuánto se invierte y, sobre todo, qué condiciones permiten que cada euro, dólar o peso invertido produzca más valor.
Ahí aparece el triángulo que forman el capital humano, las infraestructuras y la innovación. No son tres capítulos independientes de una agenda económica, sino factores interconectados que se refuerzan -o se debilitan- entre sí. Una carretera o una red de fibra óptica rinden menos si faltan profesionales capaces de aprovecharlas. Una plantilla cualificada pierde oportunidades si trabaja sobre redes energéticas inestables o cadenas logísticas costosas. Y la innovación difícilmente prospera sin formación, conectividad, financiación y un entorno de certidumbre en el que las reglas son previsibles.
Construir el futuro de la región exige, por tanto, actuar sobre los tres frentes al mismo tiempo.
Una presencia española sólida, pero todavía poco diversificada
En esa ecuación, la trayectoria de las empresas españolas ofrece una fotografía reveladora. España continúa siendo un socio inversor estructural para América Latina y ha participado en el desarrollo de sectores estratégicos como la banca o la energía.
Los vínculos lingüísticos y culturales reducen barreras de entrada, facilitan la creación de redes empresariales y han convertido a la región en uno de los pilares de la internacionalización de la economía española. Sin embargo, la profundidad de esa relación convive con una diversificación geográfica limitada a escala empresarial.
Y es que 7 de cada 10 empresas españolas con presencia inversora en América Latina operan en un solo país de la región. Es decir, el 70% de las compañías limitan su actividad a un único mercado. Aunque el dato no se refiere al volumen total de la inversión española, sí tiene un notable peso económico, porque esas empresas representan, en conjunto, más del 76% del stock de inversión en capital. Dicho de otro modo, solo el 30% aproximadamente mantiene inversiones simultáneas en dos o más mercados latinoamericanos.
La inversión empresarial española en América Latina es, por tanto, extensa, pero sigue concentrada: hay más compañías presentes que hace una década, aunque la mayoría afronta su expansión desde un único mercado, lo que limita su crecimiento en la región.
México lidera claramente este ranking de número de empresas españolas con inversión directa, mientras Brasil registra el mayor stock medio por compañía. La comparación ilustra dos formas distintas de presencia -amplitud de la base empresarial e intensidad del capital invertido-.
La oportunidad de dar el salto de un país a varios permitiría repartir riesgos, ganar escala regional, aprovechar acuerdos comerciales y articular cadenas de proveedores más amplias.
Pero diversificar no consiste solo en abrir una filial: requiere equipos capaces de gestionar entornos distintos, infraestructuras que conecten los mercados y herramientas tecnológicas que reduzcan costes de coordinación. De ahí la importancia de asentar este salto cualitativo sobre tres pilares fundamentales para garantizar hacerlo con éxito: capital humano, infraestructuras e innovación. No se trata únicamente de condiciones para atraer capital nuevo, sino que son también palancas que permiten que la inversión ya instalada crezca, se expanda y genere más valor en el conjunto de Iberoamérica.
El talento que convierte la inversión en productividad
El capital humano suele medirse con estadísticas de escolarización, pero su alcance es mucho más amplio. Incluye las habilidades, los conocimientos, la experiencia, la salud y la resiliencia que una persona acumula a lo largo de su vida. Es, en definitiva, la capacidad real de aprender, trabajar, adaptarse y crear valor. Por eso constituye una inversión a largo plazo: permite que una economía no se limite a incorporar tecnología importada, sino que sepa utilizarla, mejorarla y, eventualmente, producirla.
Los indicadores que se recogen en el informe del IEE muestran avances en estos ámbitos, pero también una brecha que no puede ignorarse. El promedio del Índice de capital humano de los países iberoamericanos pasó de 180 puntos en 2015 a 184 en 2025 (datos referidos a los países iberoamericanos del continente americano).
Esta ligera mejora en los indicadores confirma que existe movimiento, aunque el verdadero desafío aparece al observar la calidad del aprendizaje. En los resultados de aprendizaje armonizados, la región obtiene una puntuación media de 430, lejos de los 502,4 puntos de la OCDE. Esta distancia no es solo educativa: termina trasladándose a la productividad, los salarios, la capacidad tecnológica y el atractivo inversor.
El reto consiste en acompasar la formación con una economía que cambia deprisa. La transición energética, la inteligencia artificial, la automatización, la digitalización de los servicios y la transformación de las cadenas de valor están modificando los perfiles profesionales. No basta con ampliar la cobertura educativa: hay que mejorar los aprendizajes fundamentales, reforzar la formación profesional, conectar universidades y empresas y facilitar la actualización de competencias durante toda la vida laboral.
La apuesta por el talento también es una política de cohesión. Cuando la educación de calidad, la salud y la conectividad llegan de forma desigual, el lugar de nacimiento condiciona en exceso las oportunidades. Cerrar las brechas territoriales y sociales amplía la base de personas capaces de innovar y emprender. Para las empresas, significa disponer de más perfiles cualificados; para los países, elevar el rendimiento de la inversión; y para los ciudadanos, convertir el crecimiento económico en movilidad social y bienestar.
Infraestructuras para conectar mercados y oportunidades
El futuro económico de Iberoamérica se juega también en sus carreteras, puertos, aeropuertos, redes eléctricas, sistemas de agua, telecomunicaciones… Estas infraestructuras reducen los costes de transacción, acercan las empresas a sus clientes y proveedores y permiten que territorios alejados participen en mercados más amplios. Son también el soporte material de la vida cotidiana: determinan el tiempo empleado en desplazarse, la continuidad de la energía, el acceso a servicios esenciales y la posibilidad de estudiar o trabajar a distancia.
El diagnóstico regional revela una brecha frente a las economías más avanzadas y, al mismo tiempo, una fuerte dispersión entre países -no hay que olvidar la heterogeneidad de la zona analizada-. El componente de infraestructuras del Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial refleja que buena parte de Iberoamérica todavía tiene margen para mejorar la calidad del transporte y de las redes vinculadas al comercio. Esa brecha se traduce en plazos más largos, mayores costes, menor fiabilidad y menos posibilidades de integrarse en cadenas de valor internacionales.
Modernizar las infraestructuras no significa únicamente construir más. Significa seleccionar proyectos con impacto productivo, mantener adecuadamente los existentes y coordinar redes que con frecuencia no se planifican con visión de conjunto. Un puerto eficiente pierde competitividad si su conexión ferroviaria o viaria es deficiente. Una nueva capacidad de generación renovable necesita redes de transmisión, almacenamiento y regulación capaces de integrarla. La conectividad digital requiere cobertura, pero también asequibilidad, ciberseguridad y habilidades para utilizarla. La calidad de la gestión pública y la colaboración con el sector privado son tan importantes como el volumen de recursos movilizados.
Sin duda, la transición energética y la reorganización de las cadenas de suministro ofrecen nuevas oportunidades. La región dispone de minerales críticos, capacidad renovable, producción agroalimentaria y cercanía a grandes mercados. Pero la realidad es que, sin corredores logísticos fiables, energía competitiva y conexiones digitales robustas, esas ventajas pueden quedarse en simple potencial y no llegar a materializarse.
Pero si es capaz de aprovechar sus oportunidades, Iberoamérica puede atraer proyectos de mayor valor añadido, diversificar su estructura productiva y convertir su riqueza natural en capacidades duraderas, y de construir un futuro a la altura.
Innovar para dejar de competir solo en costes
La innovación es el puente que permite pasar de una economía que adopta soluciones ajenas a otra que también genera conocimiento, patentes, procesos y modelos de negocio propios. La innovación no se limita a los laboratorios ni a las empresas tecnológicas. Puede estar en una planta industrial que reduce el consumo de energía, en una explotación agraria que utiliza datos para ahorrar agua, en una pyme que digitaliza sus ventas o en una Administración que simplifica un trámite. Innovar es resolver mejor un problema y escalar la solución.
En este ámbito, la distancia que separa a Iberoamérica de las economías de referencia es especialmente amplia. El gasto medio en I+D alcanza el 2,9% del PIB en la OCDE, frente al 0,4% del conjunto de Iberoamérica y el 0,3% en los países iberoamericanos del continente americano. España, Portugal y Brasil presentan los registros más altos de la región, pero también se sitúan por debajo del promedio de la OCDE. La baja inversión limita la capacidad para generar tecnología, absorber conocimiento externo y avanzar hacia actividades con mayor valor añadido.
En este sentido, aumentar el presupuesto es obligado, aunque no suficiente. La innovación necesita continuidad, cooperación y mecanismos que acerquen la investigación al tejido productivo. Universidades, centros tecnológicos, empresas, inversores y administraciones deben optimizar la transferencia de conocimiento, compartir retos y reducir la distancia entre una buena idea y su aplicación comercial.
También es imprescindible facilitar el acceso de las pequeñas y medianas empresas a la tecnología, la financiación y el talento, porque son ellas las que sostienen buena parte del empleo y, a menudo, encuentran más barreras para innovar por las limitaciones que impone su tamaño en cuanto a recursos y capacidad financiera.
La protección de los derechos de propiedad y la seguridad jurídica completan este ecosistema. Quien invierte tiempo y recursos en desarrollar una solución necesita reglas claras, contratos exigibles y un marco de estabilidad y fiabilidad que permita competir.
El informe observa, de hecho, una estrecha relación entre la protección de la propiedad y la preparación para adoptar la inteligencia artificial, porque la innovación florece donde el conocimiento encuentra talento, capital, infraestructuras y confianza.
Una agenda común para una región diversa
Hablar de Iberoamérica obliga a reconocer su heterogeneidad, como ya se ha apuntado. Las prioridades de una gran economía industrial no son idénticas a las de un país pequeño, insular o dependiente de materias primas. Los niveles de renta, estabilidad macroeconómica, calidad institucional y desarrollo tecnológico varían considerablemente de unos a otros. Por eso no existe una única hoja de ruta ni un mismo ritmo de reforma. Sí existe, sin embargo, un principio compartido: la inversión solo se convierte en crecimiento sostenido cuando encuentra capacidades productivas y un entorno estable.
La región necesita más inversión y de mayor calidad, con vocación de permanencia y capacidad para difundir tecnología, formar trabajadores con orientación a la empleabilidad y desarrollar proveedores locales. Para atraer esta inversión no basta con ofrecer recursos o costes competitivos. Se necesita estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, regulaciones comprensibles, administraciones eficaces y mercados integrados. Esas condiciones reducen el riesgo y permiten que empresas y gobiernos planifiquen a largo plazo.
En infraestructuras, el foco debe ponerse en proyectos conectados entre sí, bien mantenidos y con impacto medible sobre la productividad. En innovación, la continuidad de las políticas y la cooperación entre ciencia y empresa deben pesar más que las iniciativas aisladas. En los tres ámbitos, evaluar resultados permitirá corregir errores y concentrar recursos donde generen mayor valor económico y social.
Iberoamérica tiene ante sí una oportunidad que no depende únicamente de la coyuntura. La transición energética, la digitalización y la búsqueda de cadenas de suministro más resilientes están redibujando el mapa de la inversión mundial.
La región puede ocupar un lugar relevante, pero el éxito dependerá de que transforme sus ventajas naturales y culturales en capacidades: personas preparadas, redes que conecten y ecosistemas que conviertan conocimiento en soluciones.
Capital humano, infraestructuras e innovación. De la solidez de estos tres pilares dependerá que el potencial de la región deje de ser una promesa y se convierta en una realidad de empleo, productividad, bienestar duradero y desarrollo equitativo en Iberoamérica para las próximas décadas.
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