Una década de la economía que se cierra con el viento a favor

Artículo de Almudena Semur en el Especial 10 años de EL ECONOMISTA.

Con sol y playa en Benidorm y nevadas en Galicia pasábamos el puente de la inmaculada del año 2006; España “iba bien” o, al menos, era lo que se decía. Más de 20 millones de personas tenían trabajo, dato que fue calificado como de “histórico”. Además, nuestra tasa de paro para el año siguiente “se situaría más cerca del 7% que del 8%”, señalaba con orgullo el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales por aquel entonces, Jesús Caldera. “Estaremos muy cerca del pleno empleo y al mismo nivel que la media de la UE,” remachaba. En efecto, “todo el mundo” tenía un trabajo, e incluso teníamos que emplear mano de obra extranjera para atender ocupaciones de difícil cobertura. Mozos,camareros, dependientes, albañiles, camioneros, marineros, carniceros, cristaleros, matarifes de aves y conejos, operadores de grúa, chapistas… Éstos eran algunos de los centenares de empleos que no cubrían los españoles, en aquel momento, según el Inem. Y es que seis de cada diez ofertas de trabajo eran ocupadas por extranjeros.

Como España “iba bien”, todo el mundo podía aspirar a tener una vivienda. El furor comprador había alcanzado su máximo en el año 2005 con 987.000 transacciones inmobiliarias, aunque tampoco se quedó a la zaga el 2006, año en el que las viviendas iniciadas llegaron a las 865.000. Nuestro país se había “enladrillado”. Daba igual que los precios de las mismas sufrieran un vertiginoso ascenso en solo una década de más del 195%, lo que suponía el equivalente a un incremento medio anual nominal del 11,4%.Es decir, había que destinar la friolera de 9,2 salarios anuales por su compra, frente a 4,4 salarios anuales del año 1997.El continuo ascenso de los precios generaba expectativas de beneficio a todos los agentes sociales, incluidas las Administraciones Públicas, que veían gozosas cómo se nutrían sus arcas con ingresos procedentes de la construcción o de la trasformación del suelo. Naturalmente la burbuja inmobiliaria engordaba por la demanda infinita de crédito. Y es que el crédito fluía con pasión gracias a la abundancia de dinero en el mercado crediticio y a los bajos tipos de interés, lo que provocó que en el periodo 1997/2007, el crédito a los hogares para la adquisición de vivienda aumentara a tasas superiores al 19% de media anual mientras que el crédito a empresas de la construcción, excluida la obra pública, ascendió a ritmos del 20% anual. El ladrillo no era el único destino: pedir un crédito contra el valor de la casa, para un coche, o para cubrir cualquier tipo de necesidad estaba a la orden del día, lo que irremediablemente impulsó a que el endeudamiento privado y el público, en porcentaje de PIB, se multiplicara por dos en solo una década, al pasar del 198% al 388% en el periodo 2000/ 2011.El exceso de confianza era tal, que nadie recordó que los ciclos económicos existen y son consustanciales a la economía de mercado. Piense el lector que nuestra economía desde el año 2000 había iniciado una velocidad de crucero con tasas de crecimiento anual por encima del 3% con excepción del año 2002. No había quien nos parara. La buena coyuntura internacional y el despegue en la zona euro ayudaron en gran medida.

Pero ¿qué es lo que ocurrió para que en un plis plas a lo largo del 2007 se desacelerara tan abruptamente nuestro crecimiento arrastrándonos contra la maligna recesión en otoño de 2008? Desafortunadamente pasó lo que tenía que pasar. Nuestra economía, a pesar del potente crecimiento, acumulaba grandes desequilibrios que no supimos, ni quisimos corregir. A saber, un mercado de trabajo con una legislación muy rígida asentado en sectores de baja productividad y con altas tasas de temporalidad -hasta un 25% llegó a ascender la tasa en el año 2011, es decir, 11 puntos por encima de la media de la Unión Europea. En cuanto a la productividad, recuerde el lector que la misma no aumentó en el periodo 1998/2008 sino que, incluso, disminuyó un 1% frente a crecimientos del 2% en Alemania o en los Estados Unidos. Estas debilidades pusieron de manifiesto la vulnerabilidad de nuestro mercado de trabajo ante shocks adversos, ya que con caídas de PIB similares o inferiores a nuestros vecinos europeos, destruimos mucho más empleo. A la vez, nuestra economía vivía centrada en dos sectores cuya competitividad no nos creaba agobios significativos. Turismo y construcción cuyo peso en el PIB de este último sector llegó a rondar el 20%, nos hicieron vivir de espaldas exterior. Al fin y al cabo, para que íbamos a competir en otros sectores con tecnologías avanzadas. A estas debilidades, habría que añadirle un sector exterior totalmente descuidado, que nos llevaría en el año 2010 a tener un déficit por cuenta corriente, solo superado por EE.UU. en el ranking de los 42 países más significativos en la economía mundial. Así como un diferencial de inflación cinco puntos por encima de la Unión Europea que lastraba fuertemente nuestra competitividad. La crisis financiera internacional, que quebró el mayor periodo de crecimiento desde los años 60 a escala mundial, no hizo otra cosa que agravar la situación.

Dos duras recesiones tuvimos que vivir a continuación. La primera, en el periodo 2009/2010 que tuvo grandes repercusiones en términos de brusca contracción del gasto familiar y empresarial, así como un descomunal aumento del desempleo, provocó un deterioro de las finanzas públicas y una erosión de los bancos más expuestos a los excesos inmobiliarios de la etapa expansiva. La profundidad de los desequilibrios fue de tal envergadura que impidió que nuestra economía se incorporase a la recuperación de la coyuntura mundial en el período 2010/2011. Nada de “brotes verdes”. Desgraciadamente, las acciones emprendidas en política económica no fueron las suficientes como para contrarrestar las dudas sobre la solidez de nuestro sistema bancario, la sostenibilidad de las finanzas públicas y la capacidad de restaurar el crecimiento y de absorber el elevado desempleo acumulado durante la primera recesión. La llegada de la segunda recesión provocó que nuestra tasa de paro repuntara hasta un 26% de la población activa. Fueron momentos críticos los de aquel primer semestre del 2012. Estaba en juego nuestra propia supervivencia. Con un déficit superior al declarado en casi 3 puntos y una prima de riesgo totalmente disparada rozando los 700 puntos básicos, íbamos camino de la insolvencia total. Evitamos el rescate pero a costa de un altísimo desgate social que fue aprovechado por movimientos populistas e independentistas que no dudaron en ofrecer paraísos inexistentes.

Gracias a las reformas acometidas y al proceso de consolidación fiscal, el severo ajuste de los años 2012/ 2013 comenzó a dar sus frutos allá por el 2014. Hoy nos encontramos con tasas de crecimiento superiores al 3%, muy por encima de la media de la eurozona. El lector me dirá que la tasa de paro sigue siendo estratosférica, en efecto, pero a pesar de su magnitud, ha descendido en 4 puntos y en ello debemos de seguir. Se han recuperado ganancias de competitividad y nuestras exportaciones han alcanzado el 32% del PIB, diez puntos más que en el año 1997, incluso se ha alcanzado superávit en la balanza por cuenta corriente del 1,5%.

Los vientos de cola siguen soplando a nuestro favor y a pesar de la incertidumbre política no habrá un desplome de crecimiento en el 2016. Ahora bien, ¿qué ocurrirá en el 2017? ¿Qué es lo que tenemos que hacer para alargar la etapa expansiva? Resultará fundamental acelerar la política de consolidación fiscal, nuestra economía altamente endeudada sigue siendo vulnerable a determinados riesgos exógenos, como pueden ser el impacto de la desaceleración de China, o que Grecia nos de otro “veranito”, cosa que, por otra parte, no sería de extrañar. Nos puede azotar la subida del precio del crudo del que somos muy dependientes, o el ascenso de los tipos de interés. De ahí que las medidas que se implanten en esta época expansiva resultarán de vital importancia para afrontar con garantías incertidumbres futuras.

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