Innovar para crecer

Artículo de Juan Rosell publicado en el Anuario de la Innovación en España 2016 de INNOVASPAIN

Para hablar de innovación es importante comprender en qué consiste realmente este concepto. Desde el punto de vista empresarial, una de las principales referencias que encontramos es la que nos proporciona la OCDE, a través del Manual de Oslo, donde se define la innovación como la introducción de un nuevo, o significativamente mejorado, producto -bien o servicio-, de un proceso, de un nuevo método de comercialización o de un nuevo sistema organizativo; en las prácticas internas de la empresa, la organización del lugar de trabajo o las relaciones exteriores.

De una forma más simplificada, hablar de innovación es hablar de novedad, de mejora, de cambio, de evolución y, para nosotros, los empresarios, es hablar de futuro, ya que nuestra capacidad de innovar, de materializar esas ideas y conceptos en recursos, es lo que nos permitirá atender las demandas de los actuales mercados globalizados.

La capacidad de innovar ha sido fundamental a lo largo de la historia empresarial, pero, sobre todo, lo ha sido en los últimos años en los que la crisis económica que ahora empezamos a dejar atrás nos ha obligado a exprimir al máximo nuestras capacidades, nuestra imaginación y nuestra creatividad. Todo ello para hacer más con menos y mantener la competitividad de nuestra economía en los momentos más difíciles.

Sin embargo, y pese al esfuerzo realizado, aún nos queda mucho camino por recorrer, como demuestran los indicadores que elaboran distintas entidades internacionales relacionadas con el ámbito de la innovación.

Si nos fijamos, por ejemplo, en el Índice Mundial de Innovación que elabora la Organización Mundial de la Propiedad Industrial (OMPI), España ocupó, en el año 2016, el puesto 28 en un ranking encabezado por Suiza, Suecia y Reino Unido; un puesto por detrás de la posición alcanzada en el año 2015.

Por otra parte, el Índice Europeo de Innovación elaborado por la Comisión Europea proporciona una evaluación comparativa del rendimiento de la investigación y la innovación de los Estados miembro y las fortalezas y debilidades relativas de sus sistemas de investigación e innovación. En el año 2015, este indicador situó a España en el puesto número 21, enmarcado en el grupo de los innovadores moderados, por debajo de la media europea y de países como Eslovenia, Chipre, República Checa o Italia; y lejos de los lugares de cabeza ocupados por Suecia, Dinamarca, Finlandia, Alemania y Países Bajos. España continúa así con la línea descendente iniciada en el año 2013, tras un periodo de crecimiento notable, situándose, en la actualidad, en niveles inferiores a los que ocupaba en el año 2008.

A tenor de estos resultados, se puede deducir que queda un largo camino por recorrer para alcanzar el objetivo señalado en la Estrategia Española de Ciencia, Tecnología e innovación, consistente en alcanzar el 2% de gasto en I+D en relación al PIB en el año 2020, frente al 1,23% actual (año 2014, últimos datos disponibles). Este logro nos situaría en el entorno de la media europea, pero aún lejos de los países que lideran los procesos de I+D+i en Europa, que destinan alrededor del 3% de su Producto Interior Bruto a estas actividades.

Para situar a España en el lugar que todos deseamos es importante incrementar la participación del sector privado, tanto en lo relativo al origen de los fondos que financian estas actividades como a la ejecución de los fondos disponibles.

No obstante, esto no es posible sin el estímulo del sector público, el verdadero canalizador de estas actividades en nuestro país. Y, para ello, es necesario el trabajo conjunto de las Administraciones Públicas y del sector privado, pero siempre teniendo en consideración que, en un marco de contención del gasto, las restricciones presupuestarias no deben afectar a las actividades de I+D+i, tan importantes para la competitividad de nuestra economía.

No debemos olvidar tampoco que uno de los ámbitos donde la innovación está jugando un papel determinante es el de la economía digital. La evolución que han experimentado, en los últimos años, las tecnologías y, sobre todo, su adopción, tanto por parte de las empresas como de la sociedad en general, está provocando una auténtica revolución.

De este proceso de digitalización está surgiendo un nuevo concepto de industria, la denominada “industria 4.0”, que aprovecha las innovaciones introducidas en campos como la conectividad, la sensorización o la computación para mejorar la eficiencia, la flexibilidad y la optimización de los recursos en el sector industrial.

Muestra de la importancia que está adquiriendo este proceso se refleja en el hecho de que las principales economías mundiales ya cuentan con programas específicos dirigidos a impulsar este tipo de innovaciones. En el caso de España, la iniciativa “Industria Conectada 4.0”, desarrollada por el Ministerio de Industria, Energía y Turismo, en colaboración con diversos actores privados, debe tomar impulso de manera urgente para trasladar los resultados que se consigan en los dos sectores piloto, textil y componentes de automoción, al resto de sectores productivos.

En definitiva, nos encontramos en un mundo que cambia a velocidad de vértigo y, por este motivo, Europa debe acelerar sus procesos de digitalización y de estímulo a la I+D y la innovación, para volver a situar a las empresas europeas en el lugar que les corresponde a nivel mundial. El hecho de que no exista ninguna empresa europea entre las diez primeras del ámbito de Internet es un claro aviso de la urgente necesidad de poner en marcha un Mercado Único Digital en Europa que, a buen seguro, facilitaría los procesos de innovación en nuestro tejido empresarial y redundaría en una mejora del bienestar de la sociedad.

Publicaciones recientes