Imposible sin industria

Artículo de Antonio Garamendi Lecanda publicado en diario Expansión

Sobre el origen de la crisis y los factores que la prolongaron y la hicieron más intensa y destructiva existen mínimas discrepancias, alguna más sobre la participación de cada factor concreto en los efectos de la recesión, y muy pocas sobre que los hubiera hecho más leves. Pocas dudas plantea la idea de que más actividad industrial hubiera permitido hacer más suave la crisis y recuperar antes la senda del crecimiento y la creación de empleo.

La industria es el segmento de actividad más sólido y competitivo en las economías más prósperas del mundo. Los países con industrias modernas y competitivas han resistido y superado mejor la situación y, en todos ellos, el sector industrial ha sido el que menor deterioro ha registrado.

La industria, el segundo sector de la economía española con mayor peso porcentual en el Producto Interior Bruto, es –sin exclusiones por tamaño de las empresas o por segmentos de actividad– la mejor garantía para conseguir una economía eficiente, sostenible y competitiva y asegurar el mantenimiento del estado del bienestar. Incorpora trabajadores con mayor grado de formación y ofrece una estabilidad en el empleo y niveles retributivos por encima de la media de la economía española, lo que no es una coincidencia.

Además, la industria es el sector exportador por antonomasia y el más implicado en la innovación y en la creación y aplicación de tecnologías para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero y, en ambos casos, lidera las inversiones del conjunto de la economía española.
Sin embargo, en los últimos años, el peso de la industria en el Producto Interior Bruto (PIB) de la mayoría de los países de la Unión Europea, entre ellos España, ha retrocedido. La deslocalización de los procesos manufactureros a otros países, la externalización hacia el sector servicios de partes de la producción y la propia estructura industrial y su regulación, a veces poco ágil y adaptable, están en el origen de ese retroceso.

Pero estas tendencias no afectan del mismo modo a todos los sectores ni a todos los países, y aquellos que han apostado por las actividades de alto valor añadido han respondido más eficazmente a los desafíos. España, tradicionalmente con problemas de competitividad, con una productividad de crecimiento débil y con uno de los niveles de gasto en I+D más bajos de la Unión Europea, tiene mucho camino por recorrer en este terreno.

La industria española está sometida a una fuerte competencia internacional, frente a economías que se caracterizan, unas por su tecnología punta y alto valor añadido obtenidos gracias a una importante investigación aplicada, y otras por sus inferiores costes laborales y menores exigencias regulatorias y medioambientales.

Nunca éstas últimas deben ser el modelo, ni nadie plantea renunciar a lo conseguido en esos ámbitos, pero la industria necesita un respaldo político y social para que el entorno productivo sea el adecuado y permita incrementar su competitividad y del conjunto de la Economía en general. Eso exige una apuesta firme y decidida por fortalecer e impulsar el sector industrial.

La industria debe ser motor sólido y fiable de la economía y su base exportadora fundamental. La reindustrialización es una exigencia y la única garantía real de creación de empleo cualificado y estable, y en el caso concreto de España, la mejor arma contra el paro estructural.

Los grandes retos a los que se enfrenta la industria se resumen fundamentalmente en dos: lograr una economía basada en el conocimiento, segura y sostenible, sensible a las amenazas del cambio climático y eficiente en el uso de recursos, y mantener una base industrial competitiva y fuerte, en un marco regulatorio favorable, predecible y estable que permita a las empresas –y muy especialmente a las pequeñas y medianas– operar, invertir y promover la excelencia, la innovación y la sostenibilidad.
Responder a esos dos retos exige políticas de Estado que derriben trabas y obstáculos estructurales.

Las dificultades de financiación de las empresas industriales españolas, muchas de ellas con un tamaño reducido, las trabas a la formación y la cualificación de los trabajadores, la insuficiente inversión en innovación, las dificultades para la salida al exterior, la fragmentación del mercado interior, el poco competitivo mercado energético o la actual estructura de costes, son algunos de esos obstáculos.

La industria, el sector económico imprescindible para mantener la prosperidad y el estado del bienestar, ha de tener una elevada productividad, lo que exige excelentes infraestructuras y sofisticados bienes de equipo, y un personal muy bien formado para aprovecharlos eficientemente y hacerlos competitivos y rentables.

Pero, sobre todo, la tarea exige voluntad, compromiso y esfuerzo del conjunto de la sociedad y de las administraciones para impulsar la industria y su competitividad, terreno en el que se juega buena parte de nuestro éxito como país desarrollado, que será imposible sin la industria.

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