UE: balance del curso

Artículo publicado en El Economista.

La Unión Europea comenzó el curso político que ha terminado sumida en la incertidumbre. En primer lugar, por la gestión del ajustado resultado del referéndum británico a favor de la salida del Reino Unido del club europeo, celebrado en junio de 2016. En segundo lugar, por el auge del populismo en la UE, que hacía prever un desenlace preocupante de las citas electorales de este primer semestre del año. Y, en tercer lugar, por cómo afrontar las líneas divisorias abiertas y agravadas por la concatenación de crisis desde el estallido de la gran crisis hace prácticamente una década.

Tres interrogantes fundamentales cuya respuesta se veía ensombrecida por la fragilidad de la recuperación económica, con un crecimiento económico desigual entre los Estados miembros, que aunque especialmente positivo en algunos, como España, no acababa –ni acaba- de traducirse en un incremento suficiente de las tasas de empleo, en especial el juvenil.

Seis meses después, el clima de duda generalizada ha abierto la puerta a un moderado optimismo, tanto en lo económico como en lo político. En sus previsiones económicas de primavera, la Comisión Europea revisó las perspectivas de crecimiento al alza, dando a España una de los índices más altos (2,8% en 2017; en CEOE prevemos un 3,2%).

Además, en las elecciones de Países Bajos, de marzo, y de Francia, de mayo y junio, las opciones políticas extremas fueron claramente derrotadas. Más concretamente, en nuestro vecino galo ganó con mayoría absoluta un partido político de reciente creación, la República en Marcha, cuyo Presidente, Emanuel Macron, es un europeísta convencido de la virtualidad de las reformas que su país y la Unión Europea necesitan.

Un contexto político europeo más optimista al que, igualmente, han contribuido dos factores. Por un lado, la respuesta unitaria que la UE está dando a Reino Unido en las negociaciones de desconexión, cuyo plazo, si no se amplía por unanimidad de los 27, es de dos años a contar a partir del pasado 29 de marzo. El riesgo es evitar que otros Estados miembros, en especial algunos del Este, opten por la vía británica; razón por la cual, en paralelo al Brexit, la Comisión Europea ha lanzado un debate sobre cómo dinamizar y revitalizar el proyecto europeo de integración.

Por otro lado, la reacción pragmática y firme de la Unión Europea, y sus Estados miembros, ante las iniciativas del Presidente Donald Trump, caracterizadas muchas veces por la improvisación en materia de relaciones internacionales y por el proteccionismo en el ámbito del comercio exterior.

En este sentido, la consecución de un acuerdo político para cerrar las negociaciones entre la Unión Europea y Japón, logrado el 4 de julio; el relanzamiento de las relaciones entre la UE y América Latina, con la reanudación de las negociaciones de MERCOSUR como principal ejemplo; y la adopción, por primera vez, de pasos concretos hacia un política europea común de defensa, son ejemplos de cómo, con voluntad suficiente, la UE puede avanzar con paso firme en la escena internacional.

En síntesis, la Unión Europea acaba este curso superando el casi tradicional “necesita mejorar”, pero sin pasar del suficiente alto. Porque la segunda mitad del año será crucial para lograr los resultados tangibles que la UE precisa para encarar la última parte de la legislatura europea, y transformarse, más pronto que tarde, en lo que debe ser: una Unión eficaz en sus acciones, eficiente en la gestión de los recursos y, sobre todo, dinámica y nada burocrática a la hora de favorecer el entorno empresarial; su principal baza para generar crecimiento, empleo e inversión.

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